Isla Negra!.
Llegaba hasta mí el aliento del Pacífico, ese océano intenso, envolvente, casi nauseabundo cuando el verano austral te golpea el pecho. Respiraba a trompicones —aún fumaba—, pero sentía que bebía el mismo aire que Él. Mis dedos rozaron las hendiduras de las letras, dibujando su nombre en la vieja madera: Miguel... Hernández.... Y una lágrima, salada como el océano rodó por mis mejillas. Después, sentada junto a su barca, escuchando el titilar de las campanas que el viento hacía tañer como un aviso, miré al mar y le rogué, que trajera para mí, entre la espuma y el olvido, un viejo y bello Mascarón de Proa.